19 nov. 2009





Alienación
Cuando alguien deja o permite que otra persona le controle los pensamientos y/o sentimientos estamos hablando de alienación.

La base etimológica (=étimo) de este término proviene del latín alienatio, que a su vez procede de alius, el otro [individuo]. Esto nos lleva inmediatamente a plantearnos algunas preguntas ¿quién es el “otro”?, ¿qué papel desempeña el “otro” en la actividad o en la vida del “uno” (entendido como “yo”)?, ¿hay alguien que no soy yo y que actúa como si fuera yo?, o ¿soy yo el que se comporta como si fuera otro?. No, no es un trabalenguas, ni un acertijo, ni siquiera filosofía barata, es simplemente que estoy despistado, porque yo no soy el que está tomando la decisión, tampoco el que está pensando por sí mismo, sino el que se siente influenciado por otro, o sea, mi característica manera de pensar ha muerto, el sujeto ha dejado de ser activo y se ha vuelto pasivo: está alienado, su pensamiento ya no le pertenece.
Todas las personas estamos en un momento dado alienadas, en mayor o menor medida, pues esa actitud forma parte de la esencia del ser humano, de lo mediato, pero el problema surge cuando deseamos intensamente que alguien ocupe un lugar decisivo en nuestro pensamiento, que tome las decisiones por nosotros, aunque consideremos erróneamente que las hemos tomado libremente. Esto puede surgir porque hay quien “necesita” sentirse dominado o guiado por otros individuos en sus actos, entonces es cuando se descubre el problema que estaba latente en él/ella, pues goza y sufre al mismo tiempo cuando comprende que otro,/-a ha ocupado un lugar en ese punto desde el que se toman las decisiones: hay un conflicto entre el “yo” racional y el “yo” que quiere ser dominado.
Para la persona alienada en una determinada situación hay que considerar que ha sido un accidente lo que le ha sucedido, que es transitorio y que se le pasará en el primer momento que se dé cuenta de la situación en la que se encuentra. La reacción inmediata suele ser la del desencanto, la de sentirse defraudada,-o por la otra persona, la de desconfiar en todos y en casi todo, la de la frustración. Estamos hablando de situaciones como las del enamoramiento, cuando alguien ve a través del “otro” o de la “otra”, cuando se nos taponan los conductos del pensamiento libre, cuando nos sentimos adormecidos por el placer y la satisfacción que conlleva el que otros nos consideren el centro de su pensamiento, cuando sentimos que otros nos hacen visibles, que se dan cuenta de que existimos, que nos valoran. En cambio, cuando se trata del amante (varón o mujer), puede suceder que no nos demos cuenta de que nos está tratando como un objeto en el que ejerce su sentido de dominador,-a. En ese caso nos hace sumisos, nos anula, nos controla y, además, siente placer con lo que hace, que no es ni más ni menos que la destrucción de la parte esencial del “otro”. Es algo totalmente incompatible con la dignidad.
Hay que estar siempre a la expectativa y no dejar que otros nos manipulen, pues ser persona alienada no es algo que favorezca nuestro desarrollo personal, así que persona “alie...nada”, pues nada de nada. La alienación puede crear monstruos y para monstruos ya tenemos bastante con el extraterrestre “Alien, el octavo pasajero”, ¿no te parece?.

Luis Domingo

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