21 oct. 2008

BUENOS INDIVIDUOS, BUENAS PERSONAS
Siempre me ha llamado la atención ese refrán tan castizo de “¡Líbreme Dios de los amigos, porque de los enemigos ya me libro yo!”. Es muy frecuente escucharlo en personas que dicen tener muy buenas amistades y que afirman ser “muy sociales”.
Yo lanzo al aire preguntas que me surgen al escuchar semejantes afirmaciones. ¿Qué concepto tenemos de la amistad?. ¿Debemos ser excépticos con los amigos?. ¿Tenemos que levantar un muro entre el que se comporta adecuadamente con nosotros, nos apoya, nos respeta, nos ayuda, ..., porque consideramos que siempre debe estar la desonfianza por medio?, etc.
Toda persona que manifiesta actos de apoyo a otra no podemos considerarla como enemigo, sino más bien lo contrario y al final terminamos diciendo ¡que bien se ha portado esa persona conmigo!. De ahí se puede deducir que no es nuestro enemigo, luego ¿por qué tenemos que librarnos de nuestros amigos?. Son algunas de las frecuentes contradicciones en las que caemos los humanos.
Una buena amistad es lo que más debe valorarse y por ello hay que cultivarla con esmero: ¡no debemos poner en duda las relaciones que existen entre dos personas que manifiestan actos buenos mútuamente!.
Hay personas que habitualmente son buenas, solidarias, que procuran molestar lo menos posible, que nos sirven de apoyo en los momentos de debilidad, que llevan por bandera la honestidad, pero, que como los demás humanos, tienen sus debilidades, sus caídas, que se equivocan, que en ciertas situaciones pueden reaccionar con desmesura, pero todo esto les sucede de tarde en tarde, sin embargo durante la mayor parte de vida son buenos. Ahora bien, qué decir de los que habitualmente son insolidarios, reaccionan violentemante ante cualquier tropiezo, llevan por bandera el creer que sólo ellos tienen todos los derechos del mundo, contestan malhumorados, que no son capaces de compartir ni siquiera un momento, etc., etc., etc.. Antes que a éstos yo prefiero a los buenos, aunque en ocasiones salgan por los cerros de Úbeda: ¡Líbreme Dios de los malos, porque de los buenos ya me libro yo! (tal vez sea un argumento fácil, pero creo que es mejor tener que defenderse una vez en la vida ante el “error” de un bueno, que vivir el día a día “envuelto” en la desconfianza hacia los demás).
Evitaremos la educación sexista, cuando tengamos siempre presente que mujeres y varones podemos cometer el mismo tipo de errores. Éstos no son exclusivos de nadie y, tanto la confianza como la desconfianza en los demás, sólo depende del tipo de individuo que se séa.
¡La equivocación no depende del sexo, sino de la educación y la preparación que cada persona tenga!.
Luis Domingo

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